EN LA OSCURIDAD


María José Germán







Laura levantó mínimamente la cabeza de la almohada para mirar la hora en el reloj-despertador colocado junto a la cama. Todavía son las tres. Se llevó mecánicamente una mano a la boca para reprimir un sollozo que amenazaba con delatarla. Buscó entre las sábanas el último pañuelo de papel que le quedaba sin usar y se limpió en silencio los ojos y la nariz. No puedo más, sencillamente no puedo más. Mira como ronca el condenado, para él nada tiene importancia y todavía menos su mujer. Se dio la vuelta con todo  cuidado para no despertarle y sintió en la cara una bocanada de aire caliente con un olor fétido a tabaco y coñac barato.
Apenas veía nada en la oscuridad de la habitación, pero notaba que tenía ya los ojos y los labios hinchados. Una opresión en el pecho le impedía casi respirar. Se levantó sin hacer ruido, buscando con los dedos de los pies las zapatillas. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, mientras tanteaba la pared para encontrar la bata que había dejado colgada antes de acostarse.
Una vez en la cocina se calentó un vaso de leche y se sentó en un taburete con la cabeza baja y los brazos cruzados como si quisiera abrazarse a sí misma. La luz blanca de la lámpara central le pareció más fría que nunca, el silencio de la noche más mortal. Bebió un sorbo, notó cómo el cálido líquido le bajaba poco a poco hasta el estómago. Tengo que tomar una decisión, a su lado jamás seré una persona. Nunca me ha querido realmente, me doy cuenta ahora, después de treinta años de matrimonio. ¡Qué idiota! Siempre justificando sus broncas y sus desprecios con alguna enfermedad. Mientras tanto, dejaba que me amargara la vida, haciéndome sentir como una inútil, despreciando mi cariño y toda la buena voluntad que yo ponía en complacerle para que se recuperara.
Comenzó a sentir frío, tenía las manos heladas a pesar de apretarlas contra el vaso ya casi vacío. Decidió ir al salón y tumbarse en el sofá para poder taparse con su manta preferida. Desde esa posición veía los muebles brillantes, sin una mota de polvo. Una lágrima se deslizó hacia el cojín que tenía debajo de la cara, después otra y luego muchas más. Nunca me ha pegado, eso es cierto. ¿Es posible que tenga yo la culpa, que me haya portado egoístamente queriendo llevar una vida normal? Pero, por otra parte, hay mucha gente que está enferma y no trata como esclavos a los que tiene alrededor. Aunque a mí me despreciara, ¿no debería demostrar algún cariño por sus hijos? Nunca se ha comportado como un padre. He tenido que asumir sola todas las responsabilidades de la casa.
El reloj de cuco del salón, recuerdo de uno de los escasos viajes que habían hecho a lo largo del matrimonio, dio las cinco. Laura seguía dando vueltas a sus problemas sin llegar a tomar ninguna decisión, entre otras cosas, no tenía a donde ir. Dónde voy a encontrar un trabajo a mi edad, además ¿qué pensarían mis hijos? Abandonar a un hombre mayor y enfermo les parecería una crueldad. Pero ¿acaso no tengo que vivir? Simplemente vivir, estar alegre, salir con amigas, hacer las pequeñas cosas que siempre me han gustado. Sentirme querida, orgullosa de mí misma. No pedía regalos, ni lujos, ni viajes. Tan sólo que su marido le mirara con cariño, que notara que le había gustado ese postre que había hecho para él, que se quedara un rato después de comer charlando mientras tomaba café. Realmente no era mucho y, entonces, se dio cuenta de que eso no iba a suceder nunca, porque él lo único que necesitaba era alimentar su ego con el ego de los demás y ella ya no tenía ego que darle. Lo he perdido por completo, si sigo con él terminará succionándome hasta los huesos.
Esto es una lucha a muerte. ¿Quiero vivir o no? Necesitaba una respuesta.  Las cortinas, hasta ahora blancas, comenzaron a hacerse transparentes. La dureza de los claro-oscuros en los muebles se tornó más pálida, más gris. Después, un rayo de sol, débil, tímido, incipiente, se acurrucó a su lado y fue creciendo en intensidad. Laura se levantó y fue a la ventana, descorrió las cortinas y abrió. El aire helado de la mañana le hizo temblar, pero desde la altura de su vivienda, allá detrás de los montes, vio una esfera roja y en ese momento comprendió que cada día tiene un nuevo comienzo para aprovecharlo como uno quiera.
Cerró la ventana, se arreglo el pelo con las manos y poniéndose derecha dijo:
-La respuesta es sí.